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HA MUERTO ANA MARÍA NAVALES

La escritora Ana María Navales (Zaragoza, 1939) murió ayer en la localidad zaragozana de Borja. La fallecida, prestigiosa autora aragonesa y esposa de nuestro compañero de HERALDO Juan Domínguez Lasierra y colaboradora de este diario, dedicó su vida a la docencia y a la literatura.

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ESCRITORAS ARAGONESAS

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¿QUIEN ERA VAL DE ARA?

Esta tarde he comprado un libro, El santo de papá, escrito por Val de Ara y publicado en Zaragoza, con dibujos de Lalinde, en 1953. El prólogo está escrito por Miguel Allué Salvador, que fue alcalde de Zaragoza. Me he quedado con muchas ganas de averiguar quién era Val de Ara. En Internet apenas he encontrado nada sobre ella. ¿Sabes tú algo?

BRENDA ASCOZ Y ALMUDENA VIDORRETA EN OCULTACION TRANSITORIA (FOTOGRAFIA POETICA DEL GRUPO ECLIPSE)

IGNACIO ESCUÍN ACABA DE PUBLICAR OCULTACIÓN TRANSITORIA (FOTOGRAFÍA POÉTICA DEL GRUPO ECLIPSE) (ROLDE, 2006), EN EL QUE SE RECOGEN POEMAS DE BRENDA ASCOZ Y DE ALMUDENA VIDORRETA.

MARIA ROSAL ANTOLOGA A ELENA PALLARES Y A ANA MARIA NAVALES

MARÍA ROSAL incluye en Con voz propia. Estudio y antología comentada de la poesía escrita por mujeres (1970-2005) (Renacimiento, 2006), a dos poetas aragonesas: Elena Pallarés y Ana María Navales

MARIA MOLINER EN LA GRAN ENCICLOPEDIA ARAGONESA

María Moliner Ruiz


EN LA GRAN ENCICLOPEDIA ARAGONESA

(Paniza, Z., 30-III-1900 - Madrid, 22-I-1981). Lexicógrafa. Hija y nieta de médico rural, su familia se trasladó a Madrid en1904; allí María, junto a sus hermanos, estudiará en los ambientes culturales de la Institución Libre de Enseñanza, donde nacerá su pasión por la gramática. El abandono del padre, que marchará a Argentina en 1914 para no regresar, truncará la vida familiar. Su madre, Matilde Ruiz (natural de Longares), decide regresar a Aragón en 1915, instalándose en Villareal de Huerva y, posteriormente, en Zaragoza. María prosigue sus estudios en el Instituto Goya, e ingresa después en la Universidad para cursar la carrera de Filosofía y Letras en el viejo edificio de la Magdalena, cuando la presencia de la mujer en la Universidad era escasa. Se licencia en Historia con Sobresaliente y Premio Extraordinario. En 1922 entra en el Cuerpo de Archiveros, siendo destinada a Simancas y después a Murcia, donde conoce a su marido, el catedrático de Física Fernando Ramón Ferrando. Contraen matrimonio en Sagunto en 1925 y hacia 1929 se trasladan a Valencia, donde participan en los proyectos culturales de la II República. María Moliner enseña Gramática y Literatura en la Escuela Cossío; es vocal del consejo directivo, y secretaria de la Asociación de Amigos; colabora en las Misiones Pedagógicas y en la organización de las bibliotecas populares; también dirige la biblioteca de la Universidad de Valencia (1936-37) —donde es profesor su marido—, y la Oficina de Adquisición de libros y Cambio Internacional. Tras la guerra, ambos son represaliados: ella con pérdida de 18 puestos en el escalafón, y su marido con tres años de suspensión de empleo y sueldo (años más tarde serían rehabilitados). En 1946 se instalan en Madrid con sus cuatro hijos, y María Moliner pasa a dirigir la biblioteca de la Escuela Superior de Ingenieros Industriales de Madrid. Entre 1950 y 1965 va redactando, ficha a ficha, el Diccionario de Uso del Español (DUE), que publicará Gredos en 1966 gracias a la mediación de Dámaso Alonso. Doña María, que ha tenido que compaginar la ingente tarea con su trabajo en la biblioteca y la atención a su familia, escribe en la dedicatoria: «A mi marido y a nuestros hijos, les dedico la obra terminada en restitución de la atención que por ella les he robado». En 1972, dos años después de su publicación, es propuesta por Rafael Lapesa, Pedro Laín Entralgo y el duque de la Torre como candidata a la Real Academia Española, pero sin éxito ya que resultó elegido su oponente, Emilio Alarcos; además del prestigio de éste, en la decisión pudo pesar su condición de mujer y la trayectoria vital de María Moliner. En 1972 muere su esposo, y ella vive sus últimos años privada de la lucidez por una arterioesclerosis cerebral.

El Diccionario de uso del Español (1966), obra monumental que le ocupó quince interesantes años de actividad, es su más valiosa aportación a las letras hispanas. En él intentó superar los límites de un diccionario clásico insertando en cada entrada léxica, además de definiciones, las asociaciones semánticas y conceptuales de cada vocablo y la referencia a los orígenes, usos gramaticales y expresiones cotidianas de la lengua viva. En los dos extensos volúmenes publicados por la editorial Gredos acoge más acepciones que el Diccionario de la Real Academia Española y define los diferentes campos semánticos según las conocidas familias de palabras que agrupan los términos de significación más próxima. Parece que la idea de redactarlo se le ocurrió a partir de la lectura de un diccionario de uso inglés, el Learner’s Dictionary of Current English, de A. S. Hornby (1948) con el que la autora aprendió inglés. En treinta y dos años se vendieron 190.000 ejemplares del D.U.E., reimpreso veintisiete veces. Desde 1995 existe una versión en C.D.-R.O.M., y en 1998 la editorial publicó una segunda edición, realizada por un Seminario de Lexicografía, de la que se han vendido 20.000 ejemplares; en ella se han intentando introducir algunas modificaciones proyectadas por la propia autora y se han incorporado unas 7.500 palabras nuevas. Aparte del D.U.E., María Moliner publicó en 1937 las Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas y en 1939 el Proyecto de Bases para la organización de las Bibliotecas del Estado, aunque en ninguna de las dos obras figuraba el nombre de la autora.

• El Centenario. El 30 de marzo de 2000 se cumplieron cien años del nacimiento de María Moliner. Para conmemorarlo, el Gobierno de Aragón, en colaboración con la Institución «Fernando el Católico» y el Ayuntamiento de Paniza, diseñó un plan de actividades bajo la denominación: Cien años de pasión por las palabras. La Comisaria del Centenario es la catedrática de Lengua Española de la Universidad de Zaragoza, María Antonia Martín Buscar voz... Zorraquino, que dirige también la Cátedra «María Moliner» de la I.F.C. El Centenario pretende difundir la figura y la obra de la lexicógrafa aragonesa, divulgando sus aspectos más desconocidos (entre ellos su compromiso social). Para lo cual se ha previsto la realización de un documental (a cargo de Alberto Gómez Uriol), la exposición «María Moliner», en Zaragoza y Paniza (octubre-diciembre 2000), la reedición de los libros La lectura pública en España y el Plan de Bibliotecas de María Moliner, de Pilar Faus, y La Escuela Cossío de Valencia. Historia de una ilusión, y la edición del volumen María Moliner, su vida, su obra y sus tiempos, a cargo de varios autores. En el ámbito del estudio de la lengua, está prevista la elaboración de un texto normativo sobre Fondos, instalaciones y funcionamiento de las bibliotecas públicas de Aragón, y la celebración del «XI Congreso Internacional sobre la enseñanza del español a extranjeros», así como las «Jornadas de Lexicografía Española» (marzo 2001), que cerrarán los actos conmemorativos. El Instituto Cervantes, por su parte, ha puesto en marcha una página web con información sobre la lexicógrafa (cervantes.es) y la revista Trébede dedicó su número 36 (marzo 2000) a la recuperación de su figura. El acto inaugural del centenario tuvo lugar en Paniza, donde se descubrió una placa conmemorativa y se celebró un acto académico (al que asistió su hija Carmen) en el que tres especialistas glosaron la figura de María Moliner; un concierto de órgano a cargo de González Uriol puso fin al homenaje.

 

AMPARO POCH, EN LA GRAN ENCICLOPEDIA ARAGONESA

Amparo Poch y Gascón

EN LA GRAN ENCICLOPEDIA ARAGONESA

(Z., 1902 - Toulouse, Francia, 1968). Médico, publicista y protagonista de la lucha obrera. Tras una de las carreras más brillantes desarrolladas en la Facultad de Medicina de Z. se dedicó a la sanidad y formación de la mujer obrera en temas de Higiene, Educación Sexual y Puericultura a través de conferencias, colaboraciones periodísticas y publicaciones como La vida sexual de la mujer, Valencia, Cuadernos de Cultura, 1932. De avanzadas ideas libertarias, fue elegida directora en Barcelona del «Casal de la Dona Treballadora». En 1934 fue una de las fundadoras de Mujeres Libres. Presidió la «Sociedad de Objetores contra la Guerra» y fundó el «Grupo Ogino». Nombrada durante la guerra directora de Asistencia Social por Federica Montseny, organizó en Barcelona la acogida de niños refugiados en Granjas-Escuela de las que elaboró el plan pedagógico. Su altruismo y actuación humanitaria tuvieron una especial manifestación en el exilio, primero en los campos de concentración franceses y, después en Toulouse donde dirigió el Hospital de Varsovia. Continuó con su labor en pro de los desheredados hasta su muerte acaecida cuando se disponía a trasladarse a Argelia para atender a los heridos de guerra en lucha contra el imperialismo francés.

 


El 15 de octubre de 2002, fecha del centenario de su nacimiento, el Rector de la Universidad de Zaragoza, Felipe Pétriz, descubrió la placa que bautiza una de las salas del Paraninfo Universitario con el nombre de Amparo Poch; de esta forma, la Universidad de Zaragoza expresaba el reconocimiento de la institución al trabajo de una de sus primeras licenciadas en Medicina en favor de la dignidad de los seres humanos. En el acto de homenaje se presentó la biografía Amparo Poch y Gascón: textos de una médica libertaria (DPZ, Alcaraván, 2002), escrita por Antonina Rodrigo.

NUEVO LIBRO DE ANA MARÍA NAVALES, MUJERES DE PALABRA

POR JULIA SÁEZ-ANGULO EN HECHOS DE HOY

De Virginia Wolf a Nadine Gordimer, la voz de mujeres clavesPremio Nacional de las Letras Aragonesas, Ana María Navales es una de nuestras escritoras mejor calificada por el Centro de Documentación de la Novela Española.

Ahora es actualidad con dos libros: uno de ensayo sobre las mujeres que escriben y una antología poética titulada Travesía del viento. Mujeres de palabra, publicado por Sial/Trivium es un recorrido por las autoras que más interés han despertado en Navales y a las que ha estudiado a fondo para sacar conclusiones plenas de agudeza e ingenio. Especialista en los escritores británicos del Grupo Bloombory, la autora comienza el ensayo con la figura de Virginia Wolf en un capítulo que titula "La vida como escritura".

A Woolf siguen los capítulos: "Catherine Masfield, una pasión literaria"; "Jean Rhys, desde su ancho mar de los Sargazos"; "Vita Sackville-West, el lord y la bailarina"; "Djuna Barnes, en el corazón del bosque"; "Carrington, la sombra de Strachey"; "Anaïs Nin, los diarios de una vida"; "El círculo vicioso de Dorothy Parker"; "Mary McCarthy, aquella chica de Vassar"; "Iris Murdoch, una intelectual en un mundo de ficción"; "El corazón salvaje de Clarice Lispector"; "Las máscaras de Sylvia Plath" y "Nadine Gordimer en blanco y negro".

El ensayo penetra en la escritura y la vida de las autoras para extraer relaciones que acaban por poner de manifiesto la particularidad de cada escritura femenina. Son pequeñas e intensas biografías de escritoras clave del siglo XX, para las que la literatura era la pasión y obsesión al tiempo que debían de trufarla con una vida no siempre fácil con otro tipo de pasiones y obsesiones. Vidas y palabras escritas en una imbricación decisiva. Ana maría Navales aporta novedades informativas en su libro, tras su investigación personal sobre la muerte de Sylvia Plaz, la poetisa que se suicidó, al igual que otras escritoras como Virginia Wolf.

En el libro Travesía en el viento se recoge la poesía de Ana María Navales entre 1978 y 2005. Jesús Ferrer Solá escribe en el prólogo del libro que "la lírica de Ana María Navales recorre esa Vía imaginativa entre el humilde sendero machadiano y el decadente jardín juanramoniano. Cediendo un poco al fácil esquematismo, cabría convenir en que se trata de una síntesis entre la palabra temporal y el sentimiento idealizado; sin olvidar la conciencia de un yo deshumanizado que adquiere, en su propio distanciamiento, la solidez de una estética y el valor de una ética".

El libro acoge poemas inéditos por lo que constituye una Obra Poética Completa de la escritora zaragozana, una mujer dinámica que dirige la revista cultural Turia y es autora, entre otros libros, de El regreso de Julieta Allwais; El laberinto del Quetzal; La amante del mandarín y Cuentos de Blomsbury. Navales ha sido incluida en numerosas antología poéticas y narrativas.

NUEVO LIBRO DE MAGDALENA LASALA, DOÑA JIMENA

.SOBRE EL NUEVO LIBRO DE MAGDALENA LASALA, DOÑA JIMENA, EN EL PERIÓDICO DE ARAGÓN

Magdalena Lasala descubre la verdad de ´Doña Jimena´

La escritora zaragozana presentó ayer su última novela.

10/10/2006 FERNANDO MANTECÓN ZARAGOZA

Borraz (izquierda), Lasala y Yáñez, ayer.
Foto:EDUARDO BAYONA

A menudo la historia deja a importantes personajes en la cuneta, bien totalmente olvidados o bien apenas esbozados. En un "valiente intento" de devolver a uno de estos personajes al lugar que le correspondió, no solo por su importancia si no por sus actos, la zaragozana Magdalena Lasala rescata la figura de Doña Jimena, la enigmática (por desconocida) esposa del Cid, en su último libro.

El calificativo de valiente se lo otorgó Cristina Yáñez, directora del Teatro de la Estación, que estuvo presente en el acto de presentación de la novela, ayer en el Centro de Historia. Además de Yáñez y la propia escritora, la presentación contó con Rosa Borraz, teniente de alcalde de Cultura del ayuntamiento, y con Ana Granda, responsable de la editorial Temas de Hoy, que lanza el libro a 23 euros.

La elaboración de esta novela, que por lo dicho en la presentación parece haber partido de una laboriosa investigación, conllevó según Borraz un "enamoramiento" del personaje de Doña Jimena, lo que fue corroborado por la escritora. Un enamoramiento que es característico en las novelas de la autora aragonesa, "como en Maquiavelo, su anterior obra", y que consigue "que nosotros también nos enamoremos de su trabajo".

Desde luego no le faltó pasión a la autora al hablar de su última creación, en un género en el que es una auténtica especialista, con obras sobre Abderramán III, Almanzor o Boabdil. Tanto es así que aseguró que supondría "un antes y un después" en su carrera como escritora. Y se apasiona por él a pesar de que en primera instancia, según confesó, el encargo le desconcertó: "Hace dos años, cuando la editorial me propuso el trabajo, me desconcertó porque me parecía que estaba todo dicho sobre el personaje".

Afortunadamente para los amantes de la historia y del trabajo de Lasala, no era así. "La mitificación del Cid --explicó la autora-- relegó a otros importantes personajes de la época casi al olvido, como al Rey Alfonso VI, Doña Urraca o la propia Doña Jimena". Se había establecido un arquetipo del Cid como perfecto caballero al que correspondió otro ideal de Jimena como esposa fiel y sumisa, a la sombra del héroe.

Lasala, "sin desdeñar ningún dato, porque apenas los había, en la investigación", ha conseguido desvelar la personalidad de esta mujer "de carne y hueso", poco común en la época, ya que llegó a ejercer como regente en Valencia. Además de desentrañar la vida de Doña Jimena, la novela pretende relatar "el reinado de Alfonso VI y las relaciones de los reinos cristianos con las taifas, ya que la figura del Cid eclipsa el siglo XI en España".

Y por encima de todo, a la vez que reivindica la figura femenina de Jimena, reconstruye la vida de otras mujeres de la época, no solo relevantes como Doña Urraca o Santa Casilda, sino "anónimas, recreadas a través de sus profesiones para apreciar la importancia social de la mujer en una época de lucha por la supervivencia de la hembra".

Para todo esto Lasala recurre a una estructura en tres partes, correspondientes a los ciclos de la alquimia (nacimiento, cénit y ocaso del sol) y a la vida del personaje, juventud, madurez y vejez. En ésta, Jimena habla en primera persona, narrando una vida, que "a partir de ahora espero que ya no sea desconocida".

 

 

MERCE IBARZ, SOBRE SOL ACIN

LA POESÍA LUMINOSA Y FEROZ DE SOL ACÍN

Por MERCÈ IBARZ, escritora y periodista.

en ALMENDRON

 
     Sol Acín, la hija menor de Ramón Acín y Conchita Monrás, publicó en vida un único libro de poemas, En ese cielo oscuro. Era el año 1979 y el director de la colección Ámbito Literario, Víctor Pozanco, presentaba en la contracubierta la voz de la poeta aragonesa como testimonio de que no toda la poesía española había cantado tras la guerra la misma canción —«la solapada complicidad de los 'poetas sociales' con el franquismo, su arriendo para servir de yunque cuidadosamente golpeado»—y concluía así la edición de este libro único: «Hay que someter toda la literatura de posguerra a una crítica implacable». Pregunto a la valedora del libro, Ana María Moix, si ésta era también la ambición de Sol Acín, a quien, aunque no conocí en faceta de combate literario, sí puedo no obstante imaginármela haciendo chanza y caricatura de vacas sagradas (no de todas, pero sí de muchas). «Era muy discreta y el libro no se publicó por su decisión sino porque me lo pasó Rosa Sender, que lo tenía desde hacía años» —rememora Ana Moix—, «al leerlo vi que era, que es, muy bueno». Ella y José María Carandell, que venía de publicar en Ámbito Literario (Víspera de San Juán), movieron el manuscrito, que apareció en febrero de 1979. La edición incluye una lámina de Gibertmón que es para mí un hermoso retrato de Sol Acín: Mundo sin rostro se llama y en esa mujer ensimismada, a trozos su cabeza y a la que una luz blanca recorre el cuerpo abriéndose camino entre sus visceras verdeoscuras que se funden con el fondo, también verdeoscuro aunque plano, está la Sol que vive en mi memoria. Es quien escribió «A un árbol en la niebla, iluminado por el fugaz reflejo de la noche», imagen que me transporta a su padre, el surrealista pirado por el cine que abandonó sus esculturas y pinturas por la revolución libertaria y la pedagogía del entendimiento. Dice Sol en este poema (pág. 91):
 Dejé mi alforja sin llenar, perdida
sobre el guijarro oscuro,
la llave del placer, la inocua danza.
Cayó sin destruirme
la inquieta soledad de los que esperan,
la dulce plenitud de los que alcanzan.
Volví hacia ti, momento de la noche,
lluvia de luz, tamiz de los cristales
la aguda sinrazón de mi delirio.
Volví a tocar, rozando suavemente
la escondida belleza conseguida.
Las hermanas Acín Monrás no fueron adolescentes felices. En el caso de Sol, rememora Rosa Sender, una de sus sobrinas, hoy psiquiatra, la primera juventud fue también muy dura. Pero convengo con ella y con Ana Moix en que su poemario transmite la luminosidad del hecho mismo de la vida, rasgo específico de la cultura anarquista de sus padres. Es la fuerza, por otra parte, que vive en los grabados de Katia Acín. La diferencia no es tanto de técnicas como que Sol escribió de joven y Katia dibuja de mayor. Y que, por poeta, Sol vivió el legado cultural de sus padres de una forma casi mística, lo que Rosa Sender llama «una mistificación que le resultaba acogedora». De ahí la necesidad de reconstruir la casa familiar de veraneo en la Pobla, donde brotaron versos en los que la poeta, de vuelta ya de su periplo, Ulises y Penélope a la vez, puede hacer dialogar su sensualidad con la naturaleza. Así en "Mirilla de la estrella" (pág. 123):
 Viene el sueño a taparme
redondo, una vez más, mi vida entera.
Sin fondo, más sin fondo, hacia la tierra,
mirilla de la estrella,
piedra sonora, arroyo
clavado, transparente
se escapará mi pozo.
Atrápalo mañana en las afueras.
Los poemas de En ese cielo oscuro fueron escritos en diversos momentos de la joven Sol. Son casi todos de juventud y recorren sus veinte años en Zaragoza y París (a donde se largó bastante pronto) y los años que siguieron en Alemania, donde se casó y tuvo a su hijo mayor pero donde las cosas tampoco le resultaron sencillas. Otros poemas están ya escritos en la casa de la Pobla. El libro estaba terminado a finales de los sesenta, cuando Rosa Sender recuerda haber recibido el original, con una cubierta dibujada por Sergio, el hijo de Sol. Su relieve luminoso no esconde su fondo amargo y hace brillar su feroz ironía. Estos tres grandes elementos de su canto cierran el libro en "Ni la palabra basta" (pág. 151):
 La Mitología
baja en tropel la escalera.
Van quedando limpios los desvanes.
Los inocentes abundan más que los niños.
Inocentes terribles.
Inocentes callados, y dolorosos, muertos.
Yo no soy uno de ellos.
Ser un testigo es poco valimiento.
Tener remansos es una vergüenza.
"Todo animal se busca su cobijo".
Algo más que animal. Pero no es cueva
ni cobijo, ni choza,
ni bastaría celda.
 Ni la palabra basta, nunca basta
frente al pedazo celular inerte.
Justicia y sinrazón pasan de vuelo.
«Todo el libro», comenta Ana Moix, «es una condensación y una modernización del castellano clásico del Siglo de Oro, en particular en su forma de emplear los verbos y de construir imágenes. Para mí no hay duda de que Sol Acín es una de los mejores poetas aragoneses de la segunda mitad del siglo XX, mujeres u hombres». Moix recuerda aún el impacto primero que le produjo "Cuento oriental" (pág. 47):
 Recorro el parloteo de las hojas,
pestañeante lluvia en flor de harina
que me abre en perspectiva repentina
la morada real en que te alojas.
 Me invitas, y me siento entre las rojas
paredes de tu estancia masculina
donde en el ajedrez de tu retina
se juega el batallar de mis congojas.
 Se juega, y no descansa de azotarme
la certidumbre de saberte herido,
ya muerto en el ayer de mi mañana.
 Caballero en tu alfil, vienes a darme
la vuelta al manuscrito del olvido
porque es ya despertar, hora temprana.
Hay que recuperar En ese cielo oscuro. Cuadra muy bien con su autora que su único libro sea una pieza de culto, leída con fervor por unos pocos, pero pueden ser más. La memoria de Ramón Acín y su obra poliédrica, así como la de Conchita Monrás y su suerte, están de nuevo entre nosotros con plenitud. Han sido necesarios muchos años para recuperarlos, demasiados, pero ya están aquí de nuevo. Ahora ha de retornar el tiempo de Sol Acín y su poesía. Su hermosa luz, que responde bien al astro de su nombre, el nombre que le fue dado por sus padres, ha de volver a brillar en las librerías y en las voces de la lectura. Orgullosa y reservada, discreta o frívola, según y depende, casi siempre en las nubes, humilde y herida, Sol Acín no hablaba de ella misma como poeta. Un único libro no es mucha obra, cierto, pero puede ser toda una obra. En su caso, lo es.
Les dejo con "Mi curva es tan pequeña" (pág. 79):

Por qué aún no me detienes, sombra
callada al borde de esta hora.
Mi curva es tan pequeña,
tan corto el aire que a mi paso quiebro.
Tan solo el esqueleto
que en lenta marcha se acomoda al suelo.
Sería tan sencillo
dejarme resbalar por la pendiente
del polvo de tus eras,
dejarme descansar donde los templos
de siglos acumulan
pasiones que ya fueron.
De mi prisión quisiera
sacarme, destruir la permanencia
sin nombre que bascula.
Perdí la llave, se olvidó la muerte
de colocar en mí su cerradura.

UN POEMA DE ALMUDENA VIDORRETA

Soy la mirada indiscreta que repasa a tus padres,
la falda de la última amiga de la lista,
los rizos del poeta escarmentado,
las manos de quien más me importa.
Después me hago pasar por un vaso de cristal
y apenas sin darme cuenta
me hago añicos a seis por ocho.
Nadie en esa sala padece ni un mísero corte,
ni tan siquiera un rasguño
a pesar de golpearse contra mí, de pisarme...
No se dan cuenta, no sienten
y presumen de ganarse la vida con ello.
Soy la mirada indiscreta que apunta a tus padres;
los repaso con un ritmo acelerado
mientras, casi al mismo tiempo, soy un vaso de cristal.
Cuando deja de sonar la música
eres tú quien sangra mis heridas
porque estoy empeñada en mutilarme
revolcada en cristales viejos
y sólo una buena cola
puede reparar al vaso suicida...
esta vez a dos por cuatro.

 

publicado en el número 2 de LA BELLA VARSOVIA

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UN POEMA DE MARUJA FALENA

La vuelta

a Tomás Seral y Casas

 

Llegaba cuando moría

la tarde malva y grosella,

llegaba sola, muy sola,

sin que nadie la trajera.

Sombras traen sus ojos tristes

--sus ojos de agua de niebla--.

Afilaba sus cuchillos

un viento de indiferencias.

Y, con las niñas, la luna

bordaba circunferencias.

Ella, con miedo y amor,

se acercó a la más pequeña.

¡Aquellos ojos! ¡la voz!

y los labios... ¡eran... eran...!

Nada dijo. Se perdió

con su pena en la calleja.

Un sollozo se enroscaba

en la torre de la iglesia.

Afilaba los cuchillos

un viento de indiferencias

para matar otras tardes,

tardes de malva y grosella.

 

de Rumbo (Zaragoza, 1935)

ANA ABARCA DE BOLEA EN LA GRAN ENCICLOPEDIA ARAGONESA

ANA ABARCA DE BOLEA

(Zaragoza, 1602 ? - Casbas, H., h. 1685). Monja cisterciense. Escritora. Hija del noble don Martín Abarca de Bolea y Castro, y de doña Ana de Mur. Vivió desde los tres años en el Real Monasterio de Santa María de la villa de Casbas, donde adquirió una profunda formación religiosa y humanística. Hizo profesión religiosa el día 4 de junio de 1624. En 1655 era maestra de novicias y, posteriormente, desempeñó el cargo de abadesa en el cuatrienio de 1672-1676. Mandó construir a sus expensas el retablo donde se venera la imagen de la virgen de Gloria, en la iglesia del convento. Participó con éxito en varios certámenes poéticos, mantuvo correspondencia literaria con importantes personalidades y estuvo muy vinculada a la pujante vida intelectual altoaragonesa del siglo xvii, sobre todo al círculo de escritores que se reunía en torno a la figura del prócer oscense don Vicencio Juan de Lastanosa Buscar voz.... El padre Baltasar Gracián la elogia en su Tratado de la agudeza y arte de ingenio.

• Obra: Catorce vidas de Santas de la Orden del Císter; Zaragoza, Herederos de Pedro Lanaja y Lamarca, 1655. Vida de la Gloriosa Santa Susana, Virgen y Mártir, Princesa de Hungría y Patrona de la villa de Maella, en el Reino de Aragón, lugar del Marqués de Torres; id., 1671. Vigilia y Octavario de San Juan Bautista; Zaragoza, Pascual Bueno, 1679. «Octavas», en Palestra numerosa austriaca Huesca, 1650. «Dos sonetos a la muerte del Príncipe Don Baltasar», en Obelisco histórico y literario que la Imperial ciudad de Zaragoza erigió al Serenísimo Señor Don Baltasar Carlos de Austria, Príncipe de las Españas; Zaragoza, 1646. «Al libro que escribió Don Francisco de La Torre, intitulado Baraja nueva de versos. Décima», en Entretenimiento de las Musas; Zaragoza, 1654. Historia del aparecimiento y milagros de Nuestra Señora de Gloria, venerada en el Real Monasterio Cisterciense de Casbas (manuscrita). Vida de San Félix Cantalicio (manuscrita). «Soneto a la Virgen de Gloria, Patrona del Monasterio de Casbas», edición de Manuel Serrano Sanz en Apuntes para una biblioteca de escritoras españolas desde el año 1401 a 1833; Madrid, 1903.

Entre las obras citadas ofrece especial interés la titulada Vigilia y Octavario de San Juan Bautista. Es una miscelánea al estilo de la época: un grupo de ricos y refinados pastores se reúnen en un paraje del Moncayo, donde se alza una ermita dedicada a San Juan, para celebrar la vigilia y octavario de la fiesta del Santo; durante los nueve días, por la mañana oyen la misa en la ermita y el resto de la jornada lo pasan divirtiéndose con variados entretenimientos. En sus reuniones festivas saborean suculentas comidas; recitan o cantan villancicos, romances, décimas y canciones; cuentan chistes, breves anécdotas, un apólogo y una novela corta; realizan juegos y luchas; presencian danzas pastoriles y una corrida de toros; sin que falten los ejercicios de erudición e ingenio. Una trama novelesca pastoril, apenas apuntada, con anuncio al final de triple boda, sirve a la autora de motivo y urdimbre para reunir y enmarcar abundantes y variados materiales literarios no relacionados antes entre sí. Entre los muchos poemas recogidos en esta obra aparecen tres composiciones escritas en aragonés, aunque con abundantes castellanismos: Albada al nacimiento (80 versos), de tema navideño, «cantada por Ginés y Pascual al uso de su aldea y son de la gaita». El comentario de la autora: «notable gusto dio la letra y admiraron la inventiva y que se conserve tanto aquella antigua lengua que se usaba en España», indica que no era consciente de la utilización de la lengua aragonesa. Bayle pastoril al Nacimiento (110 versos); baile, música y diálogo entre pastores sobre el nacimiento de Cristo, pequeña representación dramática entroncada con los autos navideños medievales. Romance a la procesión del Corpus (155 versos), descripción humorística de la procesión del Corpus de Zaragoza, puesta en boca de un rústico. La indicación, al comienzo de la poesía, de que está escrita en sayagués confirma la falta de conciencia de la utilización del aragonés.

• Bibliog.: Muñiz, R.: «Abarca de Bolea Mur y Castro, doña Ana Francisca», en Biblioteca cisterciense española, Burgos, 1793. Latassa y Ortín, Félix de: «Doña Ana Francisca de Bolea»; en Biblioteca nueva de escritores aragoneses, 1799. Serrano y Sanz, M.: «Abarca de Bolea, Doña Ana Francisca», en Apuntes para una Biblioteca de Escritoras españolas..., tomo I, Madrid, 1903. Castro y Calvo, J.M.: «Prosa y versos de Doña Ana Francisca Abarca de Bolea»; Aragón, XIV, Zaragoza, 1938. Alvar, M.: Estudios sobre el «Octavario» de Doña Ana Abarca de Bolea; Zaragoza, 1945. Fuellas, n.° 11, julio-agosto 1979 (n.° especial dedicado a A. Abarca de Bolea). Abarca de Bolea, Ana. Obra en aragonés; Publicazións d´o Consello d´a Fabla Aragonesa, Huesca, 1980.

TERESA AGUSTIN EN LA GRAN ENCICLOPEDIA ARAGONESA

TERESA AGUSTÍN 

(Teruel, 1962) Poeta. Licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de Zaragoza. Es redactora de la revista En pie de paz y anteriormente lo fue de Andalán Buscar voz.... Escribe crítica literaria y artículos de opinión para diferentes medios. Traductora del francés, destacan sus versiones de Marguerite Duras. Ha publicado Dhuoda (Asoc. Cult. Ana Abarca de B., 1986), Cartas para una mujer (P.U.Z, 1993) y La tela que tiembla (Olifante, 1998). Está incluida en las siguientes obras colectivas: Erotemas (Ayuntamiento de Zaragoza, 1980), Poemas a viva voz (IFC, 1988), Penúltimos poetas aragoneses (DPZ, Col. Veruela, 1990) y Ellas tienen la palabra. Dos décadas de poesía española (Hiperión, 1997), en la que figura junto a autoras como Ana Rossetti, Blanca Andreu o Ángela Vallvey.

MAYRATA O`WISIEDO EN LA GRAN ENCICLOPEDIA ARAGONESA

MAYRATA O`WISIEDO

(Zaragoza, 1930 - Madrid, 17-V-1998) —. De verdadero nombre María Ostalé Visiedo. En 1950 se traslada a Madrid y se dedica al teatro, coronando así su incipiente afición escénica iniciada en el escenario del Salón Blanco de la capital aragonesa. Durante varias temporadas figura en la compañía titular del María Guerrero de Madrid y una de sus primeras interpretaciones es en Plaza de Oriente. Mujer inquieta, polifacética y artista refinada, llama la atención su indiscutible personalidad y buen gusto. Fue modelo, periodista, pintora, escritora y modelista, y en su obra dejó la impronta de su exquisita sensibilidad. Residió en Méjico algunos años y montó casa en Italia. Intervino en numerosos rodajes de teatro en televisión, y en diversas películas, pero sin constancia ni asiduidad.

• Principales películas: 1950: La honradez de la cerradura. 1952: La llamada de África. 1958: Trío de damas. 1960: Los económicamente débiles. 1962: El juego de la verdad. 1970: El Jardín de las Delicias. 1975: La joven casada. 1986: Werther. 1991: Tacones lejanos. 1992: Una mujer bajo la lluvia.

• Obras literarias: Chico no sabe que es perro (1992); Historias brevísimas y crueles (1995); Una taza de té en mi jardín (1997).

NATIVIDAD ZARO, VISTA POR FÉLIX ROMEO

    LAS NATURALES

     ZARO

     [publicado en Heraldo de Aragón en julio de 2006]

     Ordeno mis libros. Miles de libros amontonados. Una mudanza que no había acabado. Aparecen también mis cuadernos de notas. Investigaciones que nunca he hecho.     En un cuaderno verde están las notas sobre Julia Peguero. Defensora de los derechos de la mujer. Nació en Zaragoza en 1880. Fue maestra en Madrid y pintora de paisajes. Nunca he visto sus cuadros. Ateneísta. Directora de la revista El Mundo Femenino. Miembro de la Asociación Nacional de Mujeres Españolas, con Victoria Kent, María de Maeztu y Clara Campoamor. Amiga de Concha Monrás, la mujer de Ramón Acín Aquilué. Busqué, porque las notas del cuadernos están hechas a lo largo del tiempo, y luego abandoné la búsqueda.   

    Me interesaba más Natividad Zaro. Anoté muchas cosas en un cuaderno amarillo. Anoté que Javier Hernández y Pablo Pérez, en su Diccionario de aragoneses en el cine, dicen que nació en Daroca. Anoté que en el Diccionario del cine español, dirigido por José Luis Borau, se dice que nació y murió en Madrid (1905-1978). Anoté que ella afirmaba que había nacido en Borja el día de Navidad de 1909. Anoté que en la Guía aparecen varios Zaro en Borja, y anoté sus teléfonos y escribí a su lado, subrayándolos: “LLAMAR”. No llamé nunca.   

    Natividad Zaro estudió Filosofía y Letras. Hizo teatro con Rivas Cheriff, el cuñado de Azaña. Estudió literatura y pintura en París, Alemania e Italia. Fue actriz con Luis Escobar. Después de la Guerra volverá a Italia y vivirá en Roma: escribió y trabajó en coproducciones cinematográficas. Su residencia temporal en Madrid estaba en el Hotel Palace. Fue enfermera en la Guerra Civil, y de su experiencia sacó el material para su obra de teatro También la guerra es dulce, que llevó al cine Ladislao Vadja con el título de Sin uniforme. Vadja adaptó otra de sus obras de teatro Un hombre en tres espejos. Anoté: “ir a la SGAE a buscar las obras, ir a la Filmoteca a ver las películas”. No lo hice.   

    Estuvo unida sentimentalmente a Eugenio Montes, uno de los escritores de la Falange. La última película en la que colaboró fue El aventurero de la rosa roja, en 1968. En el cuaderno anoté: “hablar con Raffaela Carrá, fue la protagonista”. No lo hice. Pero creo que la investigación sobre Natividad Zaro realmente acaba de empezar.    

   

REEDICION DE "JANOVAS. VÍCTIMAS DE UN PANTANO DE PAPEL", DE MARI SANCHO MENJON

Será el día 14

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Enmedio, como que es jueves.

Que ya tengo fecha para presentar la segunda edición del librico de Jánovas...

Será el 14 de diciembre en la Librería Cálamo. Todavía no sé la hora.

Ya os lo contaré, ya. Y daré el turre "comme il faut".

Ahora, a rezar para que la imprenta se porte, que dice que vamos muy justos de tiempo para esa fecha...

Bah, bah, bah: irá todo bien. ¿Eh?

 

del blog de Mari Sancho Menjón

ROSA MARIA ARANDA, VISTA POR JAVIER ORTEGA

Una prolífica escritora adelantada a su tiempo
JAVIER ORTEGA

Fue una mujer polifacética, moderna, independiente y autodidacta, que cultivó la novela, el cuento, la poesía, la entrevista, el reportaje y el artículo periodístico en varios medios. La escritora Rosa María Aranda Nicolás falleció el pasado miércoles en Zaragoza a los 85 años. Estaba viuda de Fernando de la Figuera, militar y escritor, y tenía cinco hijos.

Su trayectoria vital comienza en Zaragoza, su ciudad natal, sigue en San Sebastián, a donde se trasladó muy pronto la familia, después en Madrid y el estudio de pintura de su hermana Pilar, cita de artistas, y otra vez de vuelta a la capital aragonesa.Fue amiga de infancia, entre otros, de Camilo José Cela y de Amparo Rivelles. Se confesaba enamorada del Mediterráneo, junto al que pasaba temporadas y es escenario de alguna de sus obras.

La joven Rosa María Aranda trabajó de dependienta en la tienda familiar y como enfermera en diversos hospitales. Fue una gran deportista, que practicó el esquí y la natación. Compitió en los campeonatos de España de natación con la selección aragonesa.

Y sobre todo era escritora, una actividad que ejerció hasta sus últimos días. Comenzó muy joven influida por la gran afición a la lectura que le inculcó su madre. En su último libro de memorias, titulado Paisajes internos. Anecdotario vital (Biblioteca Aragonesa de Cultura, 2003), señalaba: «Soy una escritora de vocación.Empecé muy jovencilla. He escrito comedias en prosa y dramas en verso, revistas atrevidas para vedettes y graciosos profesionales, novelas, relatos cortos y largos, poemas y artículos periodísticos con temas para todos los gustos: sobre fútbol, sobre deportes, sobre cosas que pasan todos los días, entrevistas a gentes famosas; he dado charlas y conferencias, he asistido a tertulias, sesiones de lectura de poesía, mesas redondas.»

Su primera novela, Boda en el infierno, fue llevada al cine con éxito de público. De la siguiente, Cabotaje, también vendió los derechos pero no se hizo la película. «El tema era el tráfico de drogas. O sea, que me anticipé, porque en los años 1942-1943 nadie hablaba de ese asunto ni apenas lo conocía el público normal», relataba. Le siguió Tebib, y en 1950 escribió El grito, que quedó finalista en cinco premios importantes pero, por problemas con la censura, nunca llegó a publicarse aunque la rescribió hasta tres veces. «En aquellos tiempos, alrededor de 1950, era demasiado un abandono del hogar marital y los hijos, un suicidio y un apasionado amor fuera del matrimonio», recordaba.

Otras de sus novelas son Con los ojos vendados y Medio millón y un piso. Paralelamente publicó artículos en periódicos y revistas como El Noticiero, Amanecer, Zaragoza Deportiva y Cierzo, y cuentos en El Español, Lecturas y Estafeta Literaria. Además participaba en las tertulias de Radio Zaragoza y era miembro de la Agrupación Artística Aragonesa y de las tertulias de Teatro y de poesía Miguel Labordeta del Ateneo zaragozano.

Alguien en alguna parte recibió en 1984 el premio de novela Ciudad de Calatayud, y en 1988 obtuvo el premio Constitución de novela de la Junta de Extremadura por Esta noche y todas las noches.Fue finalista de otros galardones como el Nadal, Café Gijón, Ondas o el Ateneo de Madrid. Publicó algunos libros de poesía como Tiempo de cristal y Fiera solitaria. Una calle en Zaragoza lleva su nombre.

Rosa María Aranda, escritora, nació en 1920 en Zaragoza, ciudad en la que falleció el 21 de septiembre de 2005.

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ROSA MARÍA ARANDA, VISTA POR ANTON CASTRO

ACTA DE UN ENCUENTRO CON ROSA MARÍA ARANDA*

Rosa María Aranda, allá por los primeros cuarenta, cuando la retrataban Coyne o Aurelio Grasa, tenía un aire a Rita Hayworth con sus rizos al viento. Ahora, con sus 81 años y el desenfado de siempre, anda un tanto insegura por su casa cuajada de recuerdos, de muebles de época, de retratos o dibujos que le hicieron su hermana Pilar Aranda o Menchu Gal. El amor de su vida, Fernando de la Figuera, “fallecido demasiado pronto en 1967”, la mira desde varias fotografías con aquel porte de caballero tocado de bigote. Rosa María Aranda selecciona sus recuerdos al calor de la mesa camilla, junto a sus hijos Alfonso y Carmen.

El libro “Paisajes internos. Anecdotario vital” (BArC) brilla al sol, casi tanto como su sonrisa. De golpe, se zambulle en el pasado. Evoca a su abuelo materno Fernando Nicolás, “que tuvo uno de los primeros coches que circularon por Zaragoza”, y Ambrosio Aranda, “que era fantástico, guapísimo, según un óleo que conservamos de él”. Ambos fueron industriales de mérito. Sus padres, Manuel Aranda y María Nicolás, no tardan en aparecer; él, monárquico, era un importante industrial de maderas que iban y venían por barco en medio mundo, y ella era una republicana avanzada, una lectora voraz, que iba a marcar notablemente la cultura de sus seis hijos.

         “Gracias a mi madre, todos fuimos grandes lectores. Contábamos con la excelente biblioteca de mi abuelo Ambrosio Aranda, que tenía a Dante con los grabados de Doré, historias del papado, auténticos libros de coleccionista. Y además mi madre nos impulsaba a leer a Marañón, Unamuno y Valle-Inclán”. Rosa María nació en Zaragoza y de inmediato se trasladó a San Sebastián; antes casi de que se echase a andar, la familia fue reclamada en Madrid por “el imperio de maderas de Arturo Nicolás”. Allí, con el domicilio San Agustín 3, frente al Congreso de los Diputados, crecieron los vástagos de los Aranda. Rosa los enumera: Pilar, que se haría pintora de mérito y que se casaría con Francisco San José; Leonor, que atendía el negocio de Casa Aranda de artículos religiosos (casullas, capas pluviales...) de la calle Fuenclara; Virginia, que partiría a Caracas a montar el negocio en ultramar; Fernando, “que fue mi compañero de juego y era un genio: un contador de historias vividas que se atrevió a cruzar el Sahara con camiones llenos de bidés y retretes para las moras”; y Mari Luz, que se dedicó a sus labores y contrajo matrimonio con un excelente operador de cámara de cine. “Yo fui la cuarta chica y pensé a que me iban a tirar a la basura. No fue así y en Madrid fuimos muy felices. Estudié en varios colegios, teníamos muchos amigos y me gustaba ver a mi padre en la partida de tresillo. Además teníamos una finca en Los Molinos y nos íbamos a ella. Allí conocí a un joven delgadito y tuberculoso que iba a curarse, llamado Camilo José Cela, que muchos años después recordaría en la novela ‘Pabellón de reposo’. Y además, en cuanto crecimos algo, me iba con mis hermanas a las tertulias del Casablanca y a la terraza del Ritz”.

         Madrid, además, era también la fiesta del teatro porque Manuel Aranda decidió probar suerte como empresario teatral de la compañía Benavente. Y ella y sus hermanas asistían a las lecturas y a los ensayos, y veían de cerca de José Isbert, “una persona maravillosa”, Rafael Rivelles, su mujer María Fernanda Ladrón de Guevara, Milagros Leal o a una jovencita llamada Amparito Rivelles. “A mí y a ella nos tocaban casi siempre las muñecas de la rifa. Pero las cosas no iban bien. A mis padres los arruinó el Banco Urquijo y esa aventura teatral en cierto modo, piense que teníamos un coche Buick con conductor privado, y debimos regresar a Zaragoza. Lo hicimos a principios de 1936 cuando empezaba toda la ‘empanada’ de la Guerra Civil”. Los Aranda Nicolás se instalaron en una casa del Coso, 5 con vistas hacia el Pilar. Una noche, recuerda Rosa María, varios hombres corretearon por los tejados, persiguiéndose y disparando tiros. Y otro día, la joven y secreta escritora, que estaba culminando su bachillerato y veía como las compañeras pasaban sus redacción y cuentos de mano en mano, vio “cómo tres bombas caían en el Pilar. Las vi desde mi casa, asomada a la ventana con mi hermana Virginia, fumándonos las dos un cigarrillo que nos había dado nuestro vecino Balbino Lacosta. Como se lo digo”. Su recuerdo de la contienda y de los años de trifulca nacional puede resultar desconcertante. “Para mí la guerra fue divertida. Me explico: las chicas entonces sólo podíamos salir con señorita de compañía o con doncella. Ni siquiera nos dejaban ir al cine o al teatro. Y de repente, al estallar la guerra, nos dejaban hacer lo que queríamos. Ir al cine, a divertirnos, al teatro. Teníamos libertad. Sabíamos algo de lo que ocurría, claro, entre otras cosas porque nuestra casa acabaría convirtiéndose en parada y fonda de soldados que iban o volvían o huían del frente, de gente más o menos conocida o recomendada que necesitaba ayuda. En nuestra casa llegó a haber 18 camas”. Ya lo hemos dicho: Rosa María Aranda, que dibujaba patrones para casullas o capas, también le había tomado una gran afición a la literatura. Había publicado un poema amoroso en “Lecturas” en 1936 y perfeccionaba su escritura.

         Tras la Guerra Civil, el estudio de pintora de su hermana Pilar, en la calle Fuenclara, se convirtió en un lugar de encuentro. Por allí pasaron en la primera posguerra, entre otros, Federico Torralba, José Camón Aznar, los descendientes de Ramón y Cajal, el pintor Javier Ciria, quizá Pilar Bayona, que tenía mucha  relación con su hermana (la retrató en Jaca en 1950), Santiago Lagunas o un joven catalán, músico entonces y futuro crítico de arte y poeta: Juan Eduardo Cirlot. “Le traté muy vagamente, pero sé que era muy amigo de mi hermana Pilar, que era una mujer muy atractiva y despertó grandes pasiones. A los dos les gustaba mucho Egipto”.

         Rosa María Aranda ya tenía un rondador, el joven militar Fernando de la Figuera, con el que no tardaría en casarse. De la Figuera era el mejor amigo, el “hermano” del arquitecto y artista Alfonso Buñuel, al cual conoció muy de cerca. “Mi marido lo amortajó con Pepito Bosqued. Se querían como auténticos hermanos. Aunque siempre se le ve serio, pero Alfonso era una persona cultísima, divertidísima, con un increíble sentido del humor que producía numerosas anécdotas. Recuerdo que una vez intentó hipnotizarme sobre un banco de piedra en Peñíscola. Entonces, también frecuentaba a Luis García-Abrines, me dejaba caer por la Tertulia Teatral con Giménez Aznar, etc.”. Y fue en 1942 cuando le ocurrió uno de los grandes acontecimientos de su vida. En aquel trajinar de gentes que iban y venían por su casa, apareció un marino que le contó la historia de español que se enamoró en Odessa y quiso traer a su compañera para España. Y así lo contó en “Boda en el infierno”, novela que publicó Afrodisio Aguado en 1942 y que contrató para el cine el productor Arenaza. La película la filmó Antonio Román y ganó el Premio Nacional de Cinematografía “ex aequo” con “Raza” de Franco. Todo el mundo recibió la dotación económica correspondiente, salvo los dos guionistas: Franco por ser quien era y Rosa “porque no iba a ser más que el caudillo”. Arenaza también le compró la segunda novela, “Cabotaje” (Afrodisio Aguado, 1943), que no llegó a hacerse en película. Y en 1945 apareció Tebib, ya editada en Zaragoza al cuidado de Luciano Gracia.

         Rosa María Aranda, con hijos y de lugar en lugar, compaginó literatura y vida familiar. En 1967, le sacudió un trallazo demoledor. Falleció su marido. Y se dijo que tendría que empezar de nuevo: creó una zapatería, “Fernanda”, en Pedro María Ric, escribió sin descanso y ha sobrevivido bellamente para redactar estas memorias y este diario de escritora.   

LA NADADORA, LA DEPORTISTA, LA MODERNA

Rosa María Aranda fue una adelantada a su época. Una deportista constante: lo mismo marchaba a esquiar que nadaba al estilo “crawl” con belleza y rapidez. Sus fotos al borde de la piscina o embutida en un chándal con la gran Z en el pecho no dejan lugar a dudas. Se hizo nadadora en Madrid, en sus tiempos de instituto (estudió en el Cardenal Cisneros, entre otros centros, entre ellos en un colegio de monjas irlandesas donde le pusieron un profesor especial para que hiciese el Bachillerato) y halló en Zaragoza, desde principios de la Guerra Civil, el lugar ideal para practicar la natación en la piscina del Club de Zaragoza de Torrero, que era el lugar de encuentro de muchos amigos. Su profesor fue su propio marido, que había tenido un preceptor de postín: Enrique Granados, hijo del músico Granados, y luego responsable del Canoe de Madrid. “Participé en muchos campeonatos y fui campeona y recordwoman de Aragón durante años. También competí fuera, pero luego me aficioné al esquí, cuando nadie salía apenas a las montañas. Íbamos con Aurelio Grasa, médico radiólogo y excelente fotógrafo. No paraba de hacerme fotos con su maquinita, con Luis Gómez Laguna, etc. Y alguna que otra vez, con mi marido, salíamos de excursión en una de las primeras motos Lambretta que hubo en Zaragoza”. A la vez que hacía deporte, escribía. Tras sus primeros éxitos le contrataron tres novelas de amor por las que le pagaban mil pesetas. “Al final me aburrí. Yo siempre he querido crear lo mío, con libertad, no me apetece escribir al dictado. Para mí la literatura ha sido vocacional, una pasión. Siempre he querido escribir y he querido hacerlo muy bien. Aprender día a día”. En sus cajones, tiene nuevos libros, por ejemplo “Cartas a mis muertos” o una extensa colección de relatos que desearía publicar antes de que la muerte le cierre definitivamente los ojos.  

*Algunos meses antes de la muerte, reciente, de Rosa María Aranda conversé con ella acerca de su fascinante vida. Recupero ese texto -hoy estuve con su hijo Gonzalo- y lo pego aquí por si alguien tuviese interés en conocer su apasionante vida.

UN POEMA DE MARIA PILAR SINUES

María Pilar Sinués (Zaragoza, 1835-Madrid, 1893) fue una de las escritoras de más éxito en el siglo XIX, y durante bien entrado el siglo XX sus libros se siguieron publicando. Escribió novelas sentimentales y también poemas. Hoy me apetece rescatar uno de sus poemas, incluido en Flores del alma (1860) y escrito en la misma ciudad en la que yo escribo ahora, 152 años antes.

En el álbum de una niña

Dime, niña: ¿no viste entre las flores

una llena de gracia y lozanía

que cariñoso el céfiro mecía

sobre el tallo gentil?

¿No viste, niña, demandarle amores

la mariposa, en derredor volando,

que iba su cáliz puro acariciando,

orgullo del pensil?

Al despuntar la nacarada aurora,

yo sé de cierto que tus bellos ojos

alguna vez fijaste sin enojos

en la gallarda flor.

Y sé también que en la callada hora,

en que nace la noche y muere el día,

te habrá visto la luna, niña mía.

besarla con amor.

Y ¿no viste a la par bajo el follaje

que cercaba a la rosa fresca y pura

un arbusto infeliz, cuya verdura

tornaba lacia el sol?

¡Pobre arbusto! Rendía vasallaje

al capullo, que el huerto perfurmaba,

y era feliz, al ver le iluminaba

su fúlgido arrebol.

Y el arroyo que manso murmuraba

y besaba los tallos desiguales

de los tiernos capullos virginales

que encontraba al pasar;

amoroso también acariciaba

al pobre arbusto que amparaba el muro

y que inclinaba su ramaje oscuro

transido de pesar.

Tú, niña hermosa, que al umbral del mundo

te adelantas radiante de alegría,

no comprendes la triste alegoría

que encierra tu jardín.

Tú no sabes que allá, en lo más profundo

de la selva tranquila y perfumada,

que está de frescas parras entoldada

mezcladas con jazmín,

he descubierto el misterioso emblema

encerrado en la flor y en el arbusto

que no se queja del destino injusto

y al muro se apoyó.

¡Ay! ¡Pobre planta! En su tristura extrema,

amó a la linda flor, pura, agraciada.

tú eres, niña, la rosa perfumada,

y el arbusto... ¡soy yo!

 

Zaragoza, Mayo de 1854

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